Jonathan Dupré no tenía ni un día libre. Los había gastado todos — cada uno — en salas de espera, sesiones de quimioterapia y controles médicos para Naëlle, su hija de 5 años diagnosticada con cáncer de riñón. En diciembre la operaron para retirarle un tumor de 13 centímetros. Después vinieron 31 semanas de quimioterapia. Después una infección pulmonar. Y Jonathan seguía yendo. Hasta que ya no pudo más: los días se acabaron. Fue entonces cuando su jefe, en una empresa francesa de envases de cristal con más de 6.000 trabajadores, tuvo una idea. Le habló de una ley que permite ceder días de descanso a un compañero con un hijo gravemente enfermo. Y sus colegas respondieron. Uno por uno. Hasta sumar 350 días. «Era muy importante que pudiéramos estar con la niña», dijo Jonathan. Eso fue todo lo que alcanzó a decir.